14 oct. 2018

Historias de café

Insomnio
Lentamente abro mis ojos, el teléfono anuncia inconscientemente que son las 9:00 AM, no fue una buena noche, ni mucho menos una buena mañana.
Después de varios intentos fallidos, y con más esfuerzo del que quisiera admitir, finalmente  logro levantarme.
Agradezco infinitamente el aroma a café recién servido, y me tiro al vacío, para caer de lleno en la taza, procurando beber hasta la última gota, cuidando rigurosamente no derramar nada.

El día seguía avanzando, muy a mi pesar. Sonó la alarma de las 11:00 anunciando la sesión de yoga de 15 minutos diarios, que hoy pasaría para otro momento más oportuno, básicamente un momento en el que me sienta persona.
Juro que lo intenté, pero no pude saltear un cortado que me miraba con ojos libidinosos, maquiavélicos y atrapantes.
Luego sobrevino el almuerzo, con el último bocado pude sentir como una nube de sopor y letargo se apoderaba de mi cuerpo.
Pensé en dar una vuelta por el parque, tomar un poco de aire fresco me haría despabilar un poco, es fantástico como nos engañamos.
Unos pocos metros antes de llegar al parque estaba ella, siempre tan linda, tan perfumada, tan arreglada para la ocasión,  una de mis cafeterías preferidas. Puedo decir que no había planeado tal encuentro, pero teniendo en cuenta mi “polémico” estado no afirmo ni niego tal premisa.
Me vi en la penosa obligación de ir por mi tercer café del día. Con algo de culpa, pero con mi café en la mano me dirigí, ahora sí, hacia el parque. Todos tenemos un sitio favorito para sentarnos en el parque, el mío es frente al rosal, en el césped, usando un bonachón castaño de respaldo.
No recuerdo que sucedió en los treinta minutos que transcurrieron desde que me senté, quizá perdí el conocimiento. Sólo sé que mi vaso estaba vacío, y todo parecía indicar que era yo la responsable de ello. Sin más, retome el camino de regreso a casa.

Fotografía de mi autoría

El día apenas había pasado su ecuador, pero aún tenía mis dudas si podría terminarlo de alguna forma que se acercara, aunque sea un poco, a algo medianamente decente.
Al experimentar unos escasos, pero nada despreciables, 10 minutos de productividad laboral, tuve la equivocada sensación que el día iba corrigiendo su curso poco a poco. Justo en ese instante mi vecina golpeó la puerta para ofrecerme su “adictivo”pastel de manzana. Está claro que no soy lo suficientemente fuerte para rechazar tal propuesta, y mucho menos adjuntarle a la misma, una taza de café (condición no excluyente), y una buena conversación, por supuesto.
Cuando mi vecina se fue, caí en la cuenta que junto con ella se había ido mi cuarta taza de café. Lejos de sentirme avergonzada me dije a mi misma que un “mal día” lo tiene cualquiera, mientras me servía mi quinta dosis de cafeína en un “día negro”, donde parecía que quería batir algún récord.
No se como, pero el día estaba llegando a su fin. Para celebrarlo, decidí que la invitaría a ella, la protagonista indiscutida de esa interminable jornada.
Allí estaba, como siempre junto a mí, dispuesta a escucharme, acompañarme, responsable de ideas, sueños y pesadillas.
Mientras apuraba mi sexto pocillo de café supe que otra noche de insomnio vendría a buscarme, pero ya no me preocupa, ella está ahí, como siempre, incondicional.

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